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Epifanía

Martes, 10 de Enero de 2012 16:09


El pueblo de Dios de hoy y de siempre puede impregnarse del amor de Dios en Cristo para compartirlo allí dónde Dios los haya puesto. Fue el evangelista Mateo quién relata el evento de la visita de la jornada de los magos (Mt 2). Su jornada es también la del pueblo de Dios, es la de cada cristiano, la de su iglesia. 
¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle (Mat. 2:1-1).
Aquellos magos no eran agoreros o encantadores, como se aplicó el término después.  Sería preferible llamarles sabios, procedían del Oriente y representaban una casta sacerdotal persa o meda (del área de Media), y se les consideraba profetas. 
Así que no eran adivinos.  No se inventaron lo de la estrella.  Posiblemente conocían de la profecía de Isaías sobre el Mesías.  El Señor, Jehová, les reveló muchísimo antes del nacimiento de Jesús, la señal que los llevaría al lugar donde encontrarían al Hijo de Dios. 
Dios dio a estos sabios, o magos, la oportunidad de conocer y adorar a su Hijo Amado, tal como lo ha hecho conmigo, contigo, y con todos los que ahora reconocemos a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador. 
Aquellos sabios no eran judíos, no formaban parte de Israel, el entonces Pueblo Escogido de Dios.  Pero ellos escucharon la voz de Dios, vieron su luz y se encaminaron en la búsqueda del Mesías que vendría para salvar al mundo. 
Dios quiere la salvación de todos, incluso la de aquellos que nosotros no creeríamos que puedan salvarse. Así como también a nosotros Dios nos ha llamado, y como con los magos, no éramos parte del pueblo de Dios, por eso es menester que obedezcamos y busquemos el camino que señala la luz de su estrella, que como a aquellos sabios, nos conducirá Jesús.
En su caminar siguiendo la estrella, la luz que les llevaría a Cristo, los sabios o magos se toparon con la maldad y el pecado. 
Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la parición de la estrella; y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore (Mateo 2:7-8).
A pesar de estar caminando hacia la vida eterna, aun tenemos mucho por delante, y muchas de estas cosas son malas. El pecado está a nuestro alrededor, el diablo anda como león rugiente....pero nosotros como sus hijos, que sabemos y conocemos al Señor intentamos obedecer los sabios y sanos mandatos divinos, hacer el bien y vivir en santidad y amor, no unirnos a los pecadores, seguir sus malsanos consejos, y vivir haciendo maldad y, por consiguiente, en pecado. 
Dios nos conduce una y otra vez a sus pies. Los sabios de oriente buscaron con insistencia y lograron encontrar a Jesús: 
Y al ver la estrella, se regocijaron con grande gozo.  Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra (Mat. 2:10-11). 
El encuentro con Jesús llenó de gozo a aquellos sabios y todavía sigue llenando de gozo a todo el que con Él se encuentra.  Jesús desea ser parte de la vida de cada ser humano, pero hay un tiempo límite, mientras puedas hallarlo, dice la Palabra. Pero a quienes ya nos ha encontrado: ¿Vivimos el gozo y la alegría de una nueva vida junto con el Salvador? 
Los sabios adoraron y se entregaron a Jesús con todo lo que traían  Sus más preciados tesoros: oro, incienso y mirra, eran para el Hijo de Dios que había nacido  Los presentes que trajeron representan lo más valioso de aquella época.  El oro, representaba lo más preciado materialmente, el incienso lo más preciado espiritualmente, y la mirra, para el cambio hacia la vida eterna. 
Así también, nosotros, y porque le pertenecemos, ya que nos ha comprado con la sangre de su Hijo, debemos entregarnos a El sin miramientos, en espíritu y en verdad, dice la Biblia.  Debemos postrarnos y rendirnos a El con lo que traemos, material y físicamente.  Jesús viene a nosotros y nosotros vamos a su encuentro, su encuentro con su palabra, con su cuerpo y sangre, los que nos ayudan a que a evitar el camino que conduce a la perdición. Como los sabios: 
Entonces los sabios Siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino(Mat. 2:12). 
Una vez que tenemos ese encuentro con Jesús y le adoramos y glorificamos, Él se glorificará también en nosotros y ahora estamos capacitados para escuchar con mayor fidelidad su palabra, porque Dios abre nuestros ojos y oídos para seamos felices junto a El. Pero para eso es necesario ir, volver, no podemos quedarnos en Belén siempre, la fe es movimiento, no es algo estático, es dinámica. Y se manifiesta en un camino permanente evitando el pecado y haciendo aquello que a Dios agrada. En resumen: los sabios salieron de su tierra, que representa la santidad original, caminaron por el mundo, donde se topan con el pecado, que trata de cambiarles el rumbo trazado por Dios, pero logran volver a encontrar la estrella de Jehová, que les conduciría a su encuentro con Jesús, logran encontrar el camino hacia el salvador del mundo y le reconocen, le aceptan, se postran ante El, le adoran, ponen todo cuanto poseen a sus pies; ya no vivo yo sino Cristo vive en mí, diría Pablo, reciben el gozo y la santidad que da el Señor vuelve a ellos (regresan a su tierra), por otro camino, alejados del pecado.
Ese es el encuentro que quiere Dios para nosotros.  Es el encuentro que Jesús ya ha tenido con cada uno en su bautismo, y lo continua teniendo cada día en su palabra y los sacramentos.El nos conducirá hacia la santidad por un camino alejado de la maldad y el pecado, HACIA LA VIDA ETERNA.

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