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Declaración del Concilio Luterano Internacional (ILC)
Nuestro deseo de proclamar y vivir una vida abundante en Cristo nos lleva a realizar esta declaración a la luz de la actual conmoción respecto a las relaciones entre personas del mismo sexo.
El abordaje al tema de la homosexualidad, aún en el siglo 21, nos remite al tema de la autoridad de las Sagradas Escrituras como la inspirada Palabra de Dios. Aún en asuntos sensibles respecto del ser humano y su identidad sexual, la iglesia se somete en humildad a la autoridad de la Palabra de Dios. Las Escrituras testifican clara y repetidamente que la unión para toda la vida entre un hombre y una mujer es el ámbito donde Dios quiere que se viva la sexualidad humana. Los pasajes Bíblicos que hacen referencia a la práctica de la homosexualidad lo hacen en términos de desaprobación. Basados en el testimonio de la Biblia y en concordancia con la enseñanza cristiana a través de 2000 años, continuamos creyendo que la práctica de la homosexualidad – en toda y cualquier situación – violenta la voluntad del Dios creador y debe ser reconocida como pecado.
Al mismo tiempo, declaramos nuestra determinación de aproximarnos a aquellos con inclinación homosexual, con el más profundo amor cristiano y cuidado pastoral posible, en cualquier situación que ellos estén viviendo. Aunque afirmamos las demandas de la ley de Dios sin reservas, los cristianos también confesamos que los pecados del mundo han sido perdonados a través de los sufrimientos de Cristo y su muerte en la cruz. Como hijos redimidos de Dios vivimos nuestras vidas como “santos y pecadores” al mismo tiempo. Anhelamos la plena renovación y santificación, pero reconocemos que esos deseos no se cumplirán plenamente en esta vida. Esto es aplicable a las innumerables tentaciones a las que estamos sometidos. Nuestra condición pecaminosa nos llama a una vida de oración y lucha. Confesión y absolución proveen un refugio acogedor para recibir el perdón del Señor, el cual Él también ofrece a través de su Palabra y Sacramentos. Esto nos capacita para continuar nuestra lucha personal en el intento de vivir una vida agradable a Dios en el poder del Espíritu Santo.
23º Conferencia – Concilio Luterano Internacional – Seúl, agosto 2009


